jueves, 10 de octubre de 2019

Lievin se sentía culpable, pero no lo podía remediar. Se daba cuenta de que si ambos no hubiesen fingido, si hubiesen hablado sinceramente, es decir, expresando lo que pensaban y sentían, se habrían mirado a los ojos y él se limitaría a decir: «¡Te vas a morir! ¡Te vas a morir!», y Nikolái hubiera contestado: «¡Lo sé, pero tengo miedo, tengo miedo, tengo miedo!». Y no se habrían dicho nada más de haberlo hecho de corazón. Pero era imposible vivir así y, por tanto, Konstantín se esforzaba en hacer lo que había intentado durante toda su existencia y lo que había observado que otros sabían hacer tan bien: trataba de decir lo que no pensaba. Constantemente se daba cuenta de que aquello resultaba falso, que su hermano lo adivinaba por ello.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

No hay comentarios:

Publicar un comentario