Lievin se sentía culpable, pero no lo podía remediar. Se daba cuenta de que si ambos no hubiesen fingido, si hubiesen hablado sinceramente, es decir, expresando lo que pensaban y sentían, se habrían mirado a los ojos y él se limitaría a decir: «¡Te vas a morir! ¡Te vas a morir!», y Nikolái hubiera contestado: «¡Lo sé, pero tengo miedo, tengo miedo, tengo miedo!». Y no se habrían dicho nada más de haberlo hecho de corazón. Pero era imposible vivir así y, por tanto, Konstantín se esforzaba en hacer lo que había intentado durante toda su existencia y lo que había observado que otros sabían hacer tan bien: trataba de decir lo que no pensaba. Constantemente se daba cuenta de que aquello resultaba falso, que su hermano lo adivinaba por ello.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
No hay comentarios:
Publicar un comentario