Lievin recordó que en la época en que Nikolái atravesaba un período de devoción y austeridad, observando los ayunos y asistiendo a las ceremonias religiosas, cuando buscaba ayuda de la religión para frenar su naturaleza apasionada, no solo nadie lo apoyaba, sino que todos, e incluso Lievin, se burlaban de él. Se reían, llamándolo Noé y fraile, pero cuando Nikolái cambió nadie le quiso prestar ayuda; todos le volvieron la espalda, horrorizados y con repugnancia. Lievin se daba cuenta de que en su fuero interno, en lo más hondo de su alma, a pesar de su vida depravada, su hermano no era más culpable que la gente que lo despreciaba. No era culpa suya haber nacido con ese carácter indomable y esa inteligencia limitada. Él siempre había deseado ser bueno. «Le diré todo lo que tenga que decirle y le obligaré a que haga lo mismo, le demostraré que lo quiero y que por eso lo comprendo», decidió Lievin, hablando consigo mismo al llegar a las once al hotel que indicaban las señas.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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