jueves, 10 de octubre de 2019

La vida de Vronski era especialmente feliz porque tenía un código de leyes que determinaban categóricamente lo que se podía y no se podía hacer. Este código abarcaba un círculo muy reducido de condiciones, pero eran muy definidas, y Vronski, que nunca salía de este círculo, no dudaba de lo que debía hacer. Aquellas reglas determinaban indiscutiblemente que debía pagar a los tramposos, pero no a los sastres; que no se debe mentir a los hombres, pero sí a las mujeres; que no se debía engañar a nadie, excepto a los maridos; que no se deben perdonar los agravios, pero que se puede ofender, etcétera. Aquellas reglas podían ser ilógicas y malas, pero eran indiscutibles, y, al atenerse a ellas, Vronski se sentía tranquilo y podía mantener la cabeza alta. Solo últimamente, con motivo de sus relaciones con Anna, empezó a darse cuenta de que su código no determinaba concretamente todas las circunstancias. En el futuro se presentaban dificultades y dudas para las que no encontraba ya el hilo conductor.
Sus relaciones actuales con Anna y con su marido le parecían claras y sencillas. Estaban concretamente definidas en el código por el que se regía.
Anna era una mujer decente que le regalaba su amor y él la amaba, y por eso la consideraba tan digna de respeto, y aún más, que a una esposa legítima. Antes se habría dejado cortar una mano que permitirse no ya ofenderla con una palabra o alguna insinuación, sino dejar de mostrarle todo el respeto que se merece una mujer.
Sus relaciones con la sociedad también eran claras. Todos podían saber o sospechar su amor, pero nadie debía atreverse a hablar de ello. En caso contrario, Vronski estaba dispuesto a hacer callar a los que hablasen, obligándolos a respetar el honor inexistente de la mujer a quien amaba.
Las relaciones con el marido de Anna eran aún más definidas. Desde el momento en que Anna se enamoró de él, consideraba que era el único que tenía derecho sobre ella; el marido era tan solo un ser superfluo que estorbaba. Indudablemente su situación era lastimosa; pero ¿qué se podía hacer? Karenin solo tenía derecho a exigir una satisfacción por medio de las armas y Vronski estaba dispuesto a dársela desde el primer momento.
Pero últimamente sus relaciones con Anna tomaron un cariz nuevo que asustó a Vronski por su aspecto indefinido. La víspera, Anna le había dicho que estaba embarazada. Se dio cuenta de que aquella noticia y lo que Anna esperaba de él necesitaban algo que no estaba en su código. Y, en efecto, aquello le sorprendió e inmediatamente su corazón le dictó exigir que Anna abandonara a su marido. Y así se lo había dicho, pero ahora, al recapacitar, era evidente para él que sería mejor evitarlo, y, sin embargo, temía que aquello no estuviera bien.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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