La paz se había firmado. Pero con la llegada de su padre había cambiado para Kiti aquel mundo en que vivía. No renegaba de lo que había aprendido, pero comprendió que se había estado engañando al pensar que podría llegar a ser lo que deseaba. Parecía haber despertado de un sueño; sintió lo difícil que era sostenerse, sin fingir ni enorgullecerse, en aquella altura a la que había querido llegar; además, experimentó todo el dolor de aquel mundo en el que vivía, lleno de penas, enfermos y moribundos. Le parecieron una tortura los esfuerzos que había hecho para vencerse, para amar aquello, y sintió deseos de respirar aire puro, de volver pronto a Rusia, a Iergushovo, donde había ido a vivir con los niños su hermana Dolli, según se enteró por una carta.
Pero su cariño por Váreñka no disminuyó. Al despedirse, Kiti le rogó que fuese a su casa a Rusia.
—Iré cuando usted se case —le dijo Váreñka.
—No me casaré nunca.
—Entonces, nunca iré.
—En este caso, me casaré solo para eso. Pero ¡recuerde su promesa! —concluyó Kiti.
Los augurios del doctor se realizaron. Kiti volvió curada a su casa, a Rusia. No era tan alegre ni tan despreocupada como antes, pero estaba serena. El dolor que había sufrido en Moscú no era sino un recuerdo.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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