jueves, 31 de octubre de 2019

—Hay quien es rico y quien no es rico. ¡Y tanto peor para quienes no lo son! ¿Yo? No soy millonario, pero tengo la vida asegurada. Soy independiente, tengo de qué vivir. Pero no hablemos de mí. Si usted hubiese dicho «allá abajo hay que ser rico» lo habría aceptado. Porque suponiendo que uno no fuese rico o que dejase de serlo, entonces ¡pobre desgraciado! «¿Le queda dinero a ese infeliz?», pregunta la gente. Textualmente y como se lo digo, con ese tono. Lo he oído con frecuencia y me doy cuenta de que se me ha quedado grabado. De algún modo, me debió de impresionar, a pesar de estar habituado; si no, no me acordaría. ¿O qué piensa usted? No, yo no creo que usted, usted que es un homo humanus, se encontrase a gusto entre nosotros. Incluso a mí, que allá abajo estoy en mi casa, me parece atroz, ahora me doy cuenta, y eso que personalmente nunca he sufrido nada similar. Nadie quiere ir a casa de quien no sirve en su mesa los mejores vinos, y sus hijas no encuentran marido. Así es la gente. Ahora que estoy aquí, en la cama, y veo las cosas desde cierta distancia, me parece terrible. ¿Qué palabras había empleado usted? ¡Flemáticos y… enérgicos! De acuerdo, pero, ¿qué quiere decir eso? Quiere decir duros, fríos. ¿Y qué significa duros y fríos? ¡Crueles! Es un ambiente cruel el que reina allá abajo, un ambiente despiadado. Cuando se está así, tumbado, y se contemplan esas cosas desde la distancia, le entran a uno escalofríos.

La montaña mágica - Thomas Mann

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