Hacía tiempo que le preocupaba la idea de reconciliar a sus hermanos, aunque no fuese más que antes de que muriese Nikolái. Había escrito a Serguiéi Ivánovich, y al recibir su respuesta se la leyó al enfermo. Serguiéi Ivánovich decía que le era imposible ir, pero pedía perdón a su hermano en los términos más conmovedores.
Nikolái no dijo nada.
—¿Qué le contesto? —preguntó Lievin—. Espero que ya no estés enfadado con él.
—En absoluto —replicó el enfermo, irritado por aquella pregunta—. Escríbele que me envíe al médico.
Pasaron tres días terribles; el enfermo seguía en el mismo estado. Cuantos lo veían deseaban que muriese pronto: el camarero de la posada, el dueño, todos los huéspedes, el doctor, María Nikoláievna, Lievin y Kiti. Únicamente Nikolái no expresaba esos deseos, sino, por el contrario, se indignaba porque no le hubiesen enviado el médico, seguía tomando las medicinas y hablaba de la vida. Solo en raras ocasiones, cuando el opio le proporcionaba momentos de olvido en sus continuos sufrimientos, expresaba, adormilado, lo que sentía en su fuero interno con mayor intensidad que los demás: «¿Cuándo llegará el final?», o bien: «¡Ojalá llegue pronto!».
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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