martes, 1 de octubre de 2019

Este libro, hijo, que nació no sé cómo, que creció en torno a ti, sin saberlo, se ha convertido en el lugar secreto de nuestras citas, en el refugio solo de mi conversación, de mi monólogo contigo, aunque ya toda mi vida es ese monólogo y no hacemos otra cosa que conversar, tú y yo, sin que nadie nos oiga. La otra tarde vi un cerdo pequeño, una cría, colgado del morro a la puerta de una charcutería, y todavía el rabo se le rizaba con alguna gracia. Cómo hubiéramos conversado tú y yo con este personaje. Pero es tu alma, ahora, la que cuelga inocente de un gancho frío. Si no fueses un niño te leería esto que acabo de ver en un libro: «Estamos todos en el fondo de un infierno cada uno de cuyos instantes es un milagro». Pero un milagro sórdido, añadiría yo. El universo no tiene otro argumento que la crueldad ni otra lógica que la estupidez. En los oscuros huertos del frío, un niño me mira, de pronto, eleva sus ojos lentos hacia mí, y he descubierto con estremecimiento, hijo, que me miras desde el fondo de todos los niños.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

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