lunes, 14 de octubre de 2019

En una pequeña habitación sucia, con las paredes pintadas cubiertas de escupitajos —tras cuyo delgado tabique se oía hablar— y la atmósfera impregnada de olor a suciedad, yacía sobre una cama separada de la pared un cuerpo cubierto con una manta. Una de las manos de aquel cuerpo, enorme como un rastrillo, cuya muñeca estaba unida de un modo incomprensible al antebrazo delgado y recto, descansaba sobre la manta. La cabeza yacía de lado sobre la almohada. Lievin distinguió los cabellos ralos, cubiertos de sudor, sobre las sienes y la frente lisa que parecía transparente.
«Es imposible que este terrible cuerpo sea mi hermano Nikolái», pensó, pero al acercarse más, le vio el rostro y ya no pudo seguir dudando. A pesar de aquel impresionante cambio, le bastó echar una ojeada a esos ojos vivos que el enfermo levantó para mirar al que entraba y observar el ligero movimiento de los labios bajo los bigotes pegados, para comprender la terrible verdad: aquel cuerpo muerto era su hermano vivo.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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