En un rincón del coche dormitaba una viejecita y, junto a la ventanilla, una muchacha, que sin duda acababa de despertarse, iba sentada sujetándose con ambas manos las cintas de la cofia blanca. Serena y pensativa, rebosaba una vida elegante y complicada, ajena a Lievin. Por encima de él, miraba la aurora.
En el mismo instante en que esta visión desaparecía, unos ojos sinceros miraron a Lievin. Ella lo reconoció y una alegría llena de sorpresa apareció en su rostro.
Lievin no podía equivocarse. Aquellos ojos eran únicos en el mundo. Solo había un ser en la tierra capaz de concentrar para él toda la luz y todo el sentido de la vida. Era ella. Era Kiti. Lievin comprendió que se dirigía a Iergushovo desde la estación del ferrocarril. Y todo lo que le había agitado en aquella noche de vigilia, todas las decisiones que había tomado, todo desapareció de repente. Recordó con repugnancia sus ilusiones de casarse con una campesina. Solo allí, en aquel coche que se alejaba rápidamente, estaba la posibilidad de resolver el problema de su vida, que tanto lo atormentaba durante los últimos tiempos.
(...)
«No —se dijo Lievin—, por bella que sea esta vida sencilla y de trabajo no puedo vivirla. La amo a ella».
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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