viernes, 11 de octubre de 2019

En realidad, de todos los placeres rusos los que más gustaron al príncipe fueron las artistas francesas, una bailarina de ballet y el champán del sello blanco. Vronski estaba acostumbrado a tratar a los príncipes, pero, bien porque él mismo hubiera cambiado últimamente o por haber conocido demasiado de cerca a este, aquella semana le pareció muy penosa. Durante toda la semana experimentó un sentimiento semejante al de un hombre que acompaña a un loco peligroso y teme a la vez tanto al loco como perder la razón por su proximidad. Constantemente sentía la necesidad de no disminuir ni por un segundo el tono severo de respeto protocolario para no ser ofendido. La manera de tratar al príncipe los que se desvivían, con gran asombro de Vronski, en ofrecerle distintas diversiones, era despreciativa. Sus opiniones sobre las mujeres rusas, a las que quería estudiar, hicieron enrojecer de indignación a Vronski más de una vez. La causa principal de que el príncipe le resultase insoportable a Vronski era porque involuntariamente se veía reflejado en él. Y lo que veía en aquel espejo no halagaba su amor propio. Era un hombre muy estúpido, muy seguro de sí mismo, muy sano y muy esmerado en el cuidado de su persona, pero nada más. Cierto es que era un caballero, cosa que Vronski no podía negar. Se mostraba llano y no adulaba a sus superiores, era natural y sencillo en su trato con sus iguales y despectivamente bondadoso con sus inferiores. Vronski también era así y consideraba esto como un mérito, pero puesto que con relación al príncipe él era inferior, le indignaba el trato despectivamente bondadoso que le dispensaba.
«¡Estúpido animal! ¿Es posible que yo también sea así?», pensaba Vronski.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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