miércoles, 23 de octubre de 2019

«Ella me comprende —pensó Lievin—. Sabe en lo que estoy pensando. ¿Se lo digo o no? Sí, voy a decírselo». Pero en el momento en que se disponía a hacerlo, Kiti empezó a hablar.
—Oye, Kostia, haz el favor de ir a la habitación que le hemos preparado a Serguiéi Ivánovich para ver si no falta nada. A mí me cohíbe. Entérate si le han puesto el lavabo nuevo.
—Bien. Iré sin falta —replicó Lievin, besándola.
«No, no debo decírselo —pensó cuando Kiti pasó delante de él—. Se trata de un misterio que solo necesito yo, un misterio importante que no puede explicarse con palabras.
»Este nuevo sentimiento no me ha transformado, no me ha proporcionado la dicha deslumbrándome de pronto, como esperaba, lo mismo que me ha ocurrido con el cariño hacia mi hijo. Tampoco ha habido ninguna sorpresa. No sé si esto es la fe o no lo es. Lo único que puedo decir es que ha penetrado en mi alma a fuerza de sufrimientos y ha arraigado en ella.
»Seguiré enfadándome contra el cochero Iván, seguiré discutiendo, expresaré inoportunamente mis ideas, continuará erigiéndose un muro entre el santuario de mi alma y los demás, incluso me sucederá eso con mi mujer. Seguiré culpándola de mis sobresaltos y arrepintiéndome de ello, seguiré rezando sin que mi razón comprenda por qué lo hago. Pero ahora toda mi vida, cada minuto de mi vida, independientemente de lo que pueda ocurrirme, no carecerá de sentido como antes. ¡Ahora poseerá el sentido indudable del bien que soy capaz de infundir en ella!».

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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