el tabaco le pone melancólico y por eso nuestra respetable enfermera jefe le ha guardado las provisiones bajo llave y no le da más que una pequeña dosis cada día. Pero a veces sucumbe a la tentación de robarla y entonces cae en la melancolía. En una palabra: es un alma atormentada. ¿Conoce ya a nuestra enfermera jefe? ¿No? ¡Qué fallo! Hace usted mal en no correr a conocerla. Pertenece a la estirpe de los von Mylendonk, señor mío. Se distingue de la Venus de Médicis en que allí donde la diosa muestra los senos, ella suele llevar un crucifijo.
—¡Ja, ja, es buenísimo! —rió Hans Castorp.
—Se llama Adriática.
—¡Encima eso! —exclamó Hans Castorp—. ¡Mire que es raro! Von Mylendonk y Adriática. Suena como si hubiera muerto hace tiempo. Casi parece medieval.
—Señor mío —contestó Settembrini—, aquí hay muchas cosas que «casi parecen medievales», como ha tenido usted a bien decir. Por mi parte, estoy convencido de que nuestro Radamante no ha nombrado jefa de su palacio de los horrores a ese fósil más que por una necesidad estética de conservar el estilo del lugar, porque es un artista, ¿lo sabía? Pinta al óleo. ¿Qué esperaba? Eso no está prohibido, ¿no es cierto? Cada cual es libre… La señora Adriática dice a quien quiere escucharla, y a los que no quieren también, que a mediados del siglo trece una Mylendonk fue abadesa de un convento de Bonn, en el Rin. Es probable que ella misma naciese poco tiempo después de esa época.
—¡Ja, ja, ja! ¡Qué cáustico es usted, señor Settembrini!
—¿Cáustico? ¿Quiere decir, malicioso? Sí, soy un poco malicioso —dijo Settembrini—. Lo que lamento es estar condenado a malgastar mi maldad en cosas tan miserables. Espero que no tenga nada en contra de la maldad, mi querido ingeniero. A mi parecer, es el arma más brillante de la razón contra las fuerzas de las tinieblas y la fealdad. La maldad, señor, es el espíritu de la crítica, y la crítica es el origen del progreso y la ilustración.
La montaña mágica - Thomas Mann
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