Después del reconocimiento minucioso de la enferma, confusa y avergonzada, y de haberse lavado cuidadosamente las manos, el médico, en pie en el salón, habló con el príncipe. Este fruncía el ceño y tosía mientras escuchaba al doctor. El príncipe, como hombre de experiencia y que no era estúpido ni enfermo, no creía en la medicina y se irritaba en su fuero interno contra esa farsa, pues tal vez no fuese el único en comprender el motivo de la enfermedad de Kiti. «¡Cuánto ladra este lebrel!», pensó, dándole mentalmente ese nombre, tomado de su vocabulario de caza, mientras oía su charla respecto de la enfermedad de Kiti. Al doctor le costaba trabajo no expresar el desprecio que sentía hacia ese viejo señor, y descendía con esfuerzo hasta su bajo entendimiento. Comprendió que era inútil hablar con él y que era la madre la que representaba la cabeza de aquella familia. Se dispuso a lucirse delante de ella. En aquel momento entró la princesa, acompañada por el médico de cabecera. El príncipe se alejó para que no notaran lo ridícula que le resultaba aquella farsa. La princesa, desconcertada, no sabía qué hacer. Se sentía culpable ante Kiti.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
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