miércoles, 9 de octubre de 2019

—No, dígame por qué no quiere que vaya a menudo a casa de los Petrov. Porque es usted la que no quiere. ¿Por qué?
—No he dicho eso —replicó Váreñka con tranquilidad.
—¡Le ruego que me lo diga!
—¿Se lo digo todo? —preguntó Váreñka.
—¡Todo, todo!
—Si no es nada de particular, salvo que Mijaíl Alexiéivich —ese era el nombre del pintor— antes quería marcharse sin demora, y ahora no quiere hacerlo —dijo Váreñka sonriendo.
—¡Siga, siga! —apremió Kiti, mirando gravemente a Váreñka.
—Y Anna Pávlovna ha dicho que no quiere irse porque está usted aquí. Desde luego, eso era inoportuno, pero por usted han tenido un disgusto. Ya sabe lo irritables que son estos enfermos.
Kiti, cada vez más taciturna, callaba, y Váreñka seguía hablando sola, tratando de dulcificarla y calmarla porque veía que iba a estallar, aunque no sabía si en un torrente de palabras o de llanto.
—Por eso es mejor que no vaya usted… Hágase cargo, no se ofenda…
—¡Me lo merezco! ¡Me lo merezco! —dijo Kiti rápidamente, arrancando la sombrilla de manos de Váreñka, sin mirarla a los ojos.
Váreñka sintió deseos de sonreír ante la ira infantil de Kiti, pero temió ofenderla.
—¿Por qué se lo merece? —preguntó—. No lo entiendo.
—Porque todo esto no ha sido más que una cosa fingida, una cosa inventada y no de corazón. ¿Qué me importa un extraño? Y resulta que soy la causa de un disgusto por hacer lo que nadie me ha pedido. Todo ha sido fingido, por mi parte. ¡Fingido! ¡Fingido!…
—Pero ¿qué finalidad hay en fingir? —dijo Váreñka en voz baja.
—¡Oh! ¡Qué estúpido! ¡Qué vil ha sido esto! No tenía ninguna necesidad de hacerlo… Todo ha sido fingido —decía Kiti abriendo y cerrando la sombrilla.
—Pero ¿con qué fin?
—Con el de parecer mejor ante la gente, ante mí y ante Dios; para engañar a todos. Ahora ya no volveré a caer en ello. Es mejor ser mala que mentir y engañar.
—Pero ¿quién ha engañado? —preguntó Váreñka en tono de reproche—. Habla usted como si…
Pero Kiti estaba presa de un arrebato de cólera. No la dejó terminar.
—No hablo de usted, no hablo de usted en absoluto. Usted es perfecta. Sí, sí, sé que todas ustedes son perfectas, pero ¿qué puedo hacer si soy mala? Eso no hubiera ocurrido si yo no fuese mala. Seré como soy, pero no he de fingir. ¿Qué me importa Anna Pávlovna? Que vivan como quieran, y yo viviré como me plazca. No puedo ser de otra manera… Todo esto no es, no es…
—Pero ¿qué es lo que no es? —preguntó Váreñka, perpleja.
—Nada. No puedo vivir sino obedeciendo a mi corazón, mientras que ustedes lo hacen según unas reglas. Les he tomado cariño de corazón; en cambio, ustedes, probablemente, sintieron afecto hacia mí para salvarme, solo para salvarme y para enseñarme.
—Es usted injusta —replicó Váreñka.
—No hablo de los demás, sino de mí misma.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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