Cuando salieron, volvieron a ver a la enfermera, que les lanzó una mirada miope y curiosa. Sin embargo, en el primer piso, Hans Castorp se detuvo de pronto, inmovilizado por un ruido absolutamente escalofriante que les llegó desde escasa distancia, tras un recodo del pasillo; un ruido no muy fuerte, pero de una naturaleza tan particularmente repugnante que Hans Castorp hizo una mueca de estupor y miró a su primo con los ojos como platos. Se trataba, con toda seguridad, de la tos de un hombre, pero de una tos que no se parecía a ninguna de las que Hans Castorp había oído; es más, era una tos en comparación con la cual todas las que conocía le parecían dar muestra de una magnífica vitalidad; una tos sin fuerza, que no se producía por medio de las habituales sacudidas, sino que sonaba como un chapoteo espantosamente débil en el viscoso lodo de la podredumbre orgánica.
—Sí —dijo Joachim—, tiene mala pinta. Es un noble austríaco, ¿sabes? Un hombre elegante, de la alta sociedad. Y mira cómo está. Sin embargo, todavía sale a pasear.
La montaña mágica - Thomas Mann
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