jueves, 24 de octubre de 2019

Como se ve, procuramos recoger todo aquello que puede prevenir en su favor, pero le juzgamos sin exageración y no le hacemos ni mejor ni peor de lo que era. Hans Castorp no era un genio ni un imbécil, y si para definirle evitamos la palabra «mediocre» es por una serie de razones que no guardan relación ni con su inteligencia ni con su persona en sí: es por respeto hacia su destino, al cual nos sentimos inclinados a conceder una importancia más que personal. Tenía bastante cabeza para cumplir con las exigencias del bachillerato de ciencias sin necesidad de excesivo esfuerzo, que, por otra parte, tampoco hubiera estado dispuesto a realizar en ninguna circunstancia y por ningún motivo, no tanto por temor a sufrir algún daño, sino porque no veía motivo alguno para resolverse a ello, o más exactamente, ninguna razón indispensable; y es precisamente por eso por lo que no queremos llamarle mediocre, porque, de alguna manera, era consciente de esa falta de motivos.
El hombre no sólo vive su vida personal como individuo, sino que, consciente o inconscientemente, también participa de la de su época y de la de sus contemporáneos, así que, por más que considerase las bases generales e impersonales de su existencia como bases inmediatas, dadas por naturaleza, y permaneciese alejado de la idea de ejercer cualquier crítica contra ellas, como era el caso del buen Hans Castorp, era muy posible que sintiese su bienestar moral ligeramente afectado por sus defectos. El individuo puede tener presentes toda clase de objetivos personales, de fines, de esperanzas, de perspectivas, de los cuales extrae la energía para los grandes esfuerzos y actividades; ahora bien, cuando lo impersonal que le rodea, cuando la época misma, a pesar de su agitación, en el fondo está falta de objetivos y de esperanzas, cuando ésta se le revela como una época sin esperanzas, sin perspectivas y sin rumbo, y cuando la pregunta sobre el sentido último, inmediato y más que personal de todos esos esfuerzos y actividades —pregunta planteada de manera consciente o inconsciente, pero planteada al fin y al cabo—, no encuentra otra respuesta que el silencio del vacío, resultará inevitable que, precisamente a los individuos más rectos, esta circunstancia conlleve cierto efecto paralizante que, por vía de lo espiritual y moral, se extienda sobre todo a la parte física y orgánica del individuo. Para estar dispuesto a realizar un esfuerzo considerable que rebase la medida de lo que comúnmente se practica, aunque la época no pueda dar una respuesta satisfactoria a la pregunta «¿para qué?», se requiere bien una independencia y una pureza moral que son raras y propias de una naturaleza heroica, o bien una particular fortaleza de carácter. Hans Castorp no poseía ni lo uno ni lo otro, y no era, por lo tanto, más que un hombre mediocre, eso sí, en uno de los sentidos más honrosos del término.

La montaña mágica - Thomas Mann

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