martes, 8 de octubre de 2019

—Muy bien, supongamos que yo lo haga —dijo Anna—. ¿Sabe cuál sería el resultado? Puedo decírselo de antemano. —Y una luz maligna apareció en sus ojos que, tan solo un momento antes, habían sido tan dulces—. «Quieres a otro y tienes con él relaciones culpables». —Anna, imitando a su marido, hizo lo que hubiera hecho aquel, subrayó la palabra «culpables»—. «Ya te advertí las consecuencias que eso traería en el terreno religioso, social y familiar. No me has hecho caso. No puedo permitir ahora que deshonres mi nombre»… —«Y el de mi hijo», quiso añadir Anna, pero le resultaba imposible bromear acerca de él—. En resumen, con su estilo de funcionario, con precisión y exactitud, dirá que no puede dejarme marchar y que tomará todas las medidas que estén a su alcance para evitar el escándalo. Y llevará a cabo con serenidad y orden lo que diga. Esto es lo que va a suceder. No es un hombre, sino una máquina, una máquina cruel cuando se enfada —terminó diciendo Anna, recordando a Alexiéi Alexándrovich con todos los detalles de su figura y su manera de hablar y lo culpó de todo lo malo que encontraba en él, sin perdonarle nada, debido a la terrible falta de la que era culpable ante él.
—Pero, Anna, de todos modos es necesario decírselo y proceder después según lo que él decida —dijo Vronski, con voz suave y persuasiva, tratando de tranquilizarla.
—Entonces ¿tendríamos que huir?
—¿Por qué no? No veo la posibilidad de continuar así… Y no es por mí, veo que sufre usted.
—Sí, huir y que yo me convierta en su amante —replicó Anna, agresiva.
—¡Anna! —pronunció Vronski con tono de tierno reproche.
—Sí, convertirme en su amante y perderlo todo…
Quiso añadir «a mi hijo», pero no pudo pronunciar esa palabra.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

No hay comentarios:

Publicar un comentario