lunes, 21 de octubre de 2019

Arrodillado ante la cama, sostenía la mano de Kiti junto a su boca y la besaba, mientras ella le respondía con un débil movimiento de los dedos. Entretanto, a los pies del lecho, en las hábiles manos de Lizavieta Petrovna, como la llamita de una antorcha, vacilaba la vida de un nuevo ser, que antes no había existido, pero que viviría con los mismos derechos, sintiéndose tan importante como cualquier otro y engendrando otros seres semejantes.
—¡Está vivo! ¡Está vivo! ¡Y, además, es niño! —oyó Lievin a Lizavieta Petrovna, que con mano trémula daba palmaditas en la espalda de la criatura.
—¿Es verdad, mamá? —preguntó Kiti.
Solo los sollozos de la princesa le contestaron.
Y en medio del silencio, como respuesta indudable a la pregunta de la madre, se oyó una voz bien distinta de todas las voces que hablaban en tono bajo en la habitación contigua. Era el vagido, penetrante, atrevido, que no atendía a razones y no se sabía de dónde llegaba, del nuevo ser humano.
Si antes le hubiesen dicho a Lievin que Kiti había muerto y él también, que sus niños eran ángeles y que todos estaban ante Dios, no se hubiera sorprendido. Pero ahora, vuelto al mundo de la realidad, hacía grandes esfuerzos mentales para comprender que Kiti estaba sana y salva y que el ser que gritaba tan desesperadamente era su hijo. Kiti vivía y sus sufrimientos habían cesado. Lievin se sentía inenarrablemente dichoso. Lo comprendía y aquello le colmaba de felicidad.Pero ¿y el niño? ¿Quién era? ¿Para qué y de dónde venía?… Le parecía que era superfluo, que estaba de más, y no fue capaz de acostumbrarse a él en mucho tiempo.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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