martes, 8 de octubre de 2019

Anna no oyó la mitad de sus palabras, tenía miedo de él y pensaba en si sería verdad que Vronski no se había matado. ¿Se referían a él al decir que estaba ileso y que el caballo se había roto la columna vertebral? Se limitó a sonreír con fingida ironía cuando Alexiéi Alexándrovich terminó de hablar, pero no le contestó nada porque no había oído lo que le decía. Karenin había empezado a hablar con decisión, pero cuando se dio cuenta de lo que estaba hablando, el miedo que experimentaba Anna se le comunicó. Al ver la sonrisa de su mujer, una extraña confusión se apoderó de su mente.
«Sonríe ante mis sospechas; ahora me va a decir lo que me dijo la otra vez: que son infundadas y que esto es ridículo».
Ahora que se avecinaba el descubrimiento de todo aquello, Karenin sentía vivos deseos de que su mujer le contestase irónicamente, como lo había hecho entonces y le dijera que sus sospechas eran ridículas e infundadas. Era tan terrible lo que sabía, que ahora estaba dispuesto a creerse lo que fuera. Pero la expresión del rostro de Anna, asustado y sombrío, no prometía ni siquiera el engaño.
—Tal vez me equivoque —dijo Karenin—. En este caso te ruego que me perdones.
—No, no te equivocas —le contestó Anna lentamente, mirando con desesperación el semblante frío de su marido—. No te equivocas, estaba desesperada y no puedo dejar de estarlo. Mientras te escucho pienso en él. Lo amo, soy su amante. No te puedo soportar, te tengo miedo y te odio… Puedes hacer conmigo lo que quieras.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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