miércoles, 16 de octubre de 2019

Anna miraba el rostro de Dolli, enjuto, agotado, con las arrugas cubiertas de polvo, y quiso decirle lo que pensaba: que había adelgazado. Pero al recordar que ella misma había mejorado, cosa que le expresaba la mirada de Dolli, suspiró y empezó a hablar de sí misma.
—Me miras preguntándome si puedo ser feliz en mi situación. Pues bien: me da vergüenza reconocerlo, pero soy… soy imperdonablemente feliz. Me ha sucedido algo maravilloso, es como un sueño. Es lo mismo que cuando te sientes angustiada y tienes miedo y te despiertas, dándote cuenta de que tus temores no existen. Estoy despierta. He atravesado momentos dolorosos y terribles, pero hace mucho ya, sobre todo desde que vivimos aquí, ¡que soy tan feliz!… —dijo Anna, mirando a Dolli con tímida sonrisa interrogativa.
—¡Cuánto me alegro! —respondió esta sonriendo con más frialdad de lo que hubiera querido—. Me alegro mucho por ti. ¿Por qué no me escribías?
—Pues… porque no me atrevía… Te olvidas de mi situación…
—¿No te atrevías a escribirme? Si supieras cómo… Considero que…
Daria Alexándrovna quiso contar a Anna los pensamientos que había tenido aquella mañana, pero, sin saber por qué, le pareció que era inoportuno.
—Bueno, ya hablaremos de eso después. ¿Qué son estos edificios? —preguntó, deseando cambiar de conversación, y señaló unos tejados rojos y verdes que asomaban tras unos setos vivos de acacias y de lilas—. Parece una pequeña ciudad.
Pero Anna no le contestó.
—¡No, no! ¿Cómo consideras, qué opinas de mi situación? —le preguntó.
—Supongo… —empezó Daria Alexándrovna, pero en aquel momento Váseñka Veslovski, que había conseguido que el caballo anduviera a la pierna, pasó junto a ellas, saltando pesadamente sobre la silla de montar.
—¡Ya va, Anna Arkádievna! —gritó.
Anna ni siquiera lo miró, pero Daria Alexándrovna no creyó conveniente iniciar en el coche una conversación tan larga y resumió su pensamiento:
—No considero nada; siempre te he querido, y cuando se quiere a una persona se la quiere tal y como es y no como uno quisiera que fuese.
Anna separó la vista del rostro de su amiga y, frunciendo los ojos (era una nueva costumbre que no le conocía Dolli), se quedó pensativa, deseando penetrar bien el sentido de sus palabras. Y comprendiéndolas sin duda como ella quería, miró a Dolli.
—Si tuvieras pecados, te los perdonarían todos por haber venido y por estas palabras —le dijo.
Y Dolli vio que las lágrimas asomaban a sus ojos. Estrechó en silencio la mano de Anna.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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