jueves, 24 de octubre de 2019

Allí estaban el nombre de su padre, el de su abuelo y el de su bisabuelo, y luego el prefijo se doblaba, se triplicaba, y hasta se cuadruplicaba en la boca del narrador, y el joven, con la cabeza inclinada hacia un lado, con la mirada muy fija en actitud reflexiva o también soñadora y relajada y con los labios devotamente entreabiertos, escuchaba ese «tatara-tatara», ese sonido oscuro que evocaba la tumba y el paso del tiempo, que sin embargo, reflejaba los indisolubles y devotamente conservados lazos entre el presente, su propia vida y el pasado remotísimo, y que producía en él un extraño efecto, tal y como se manifestaba en su rostro. Al oír aquel sonido creía respirar un aire frío y con cierto olor a moho, el aire de la iglesia de Santa Catalina o de la cripta de San Miguel; sentir en sus oídos el aliento de esos lugares en los que, con el sombrero en la mano, parece imponerse caminar con devoción, inclinándose y tambaleándose ligeramente para no apoyar los tacones de las botas; creía también oír el silencio lejano y pacífico de esos lugares de profundos ecos; el sonido de aquellas sílabas hacía que en su interior se mezclasen la conciencia de lo sagrado y la conciencia de la muerte y de la historia, y, de algún modo, el joven tenía la sensación de que todo aquello le hacía bien; es más, era muy posible que le hubiera pedido que le mostrara la jofaina por amor a ese sonido para escucharlo y repetirlo una vez más.

La montaña mágica - Thomas Mann

No hay comentarios:

Publicar un comentario