lunes, 7 de octubre de 2019

Alexiéi Alexándrovich no era un hombre celoso. Opinaba que los celos constituyen una ofensa para la esposa y que se debe tener confianza. No se preguntaba por qué tenía confianza, mejor dicho, una seguridad absoluta de que su joven esposa lo amaría siempre, pero lo cierto es que la sentía y lo encontraba muy natural. Pero ahora, a pesar de opinar así y de no haber perdido la confianza, se enfrentaba, sin saber qué hacer, con algo ilógico y absurdo. Se hallaba cara a cara con la vida, ante la posibilidad de que su esposa amara a otro hombre, cosa que le resultaba absurda e incomprensible porque era la vida misma. Su existencia había transcurrido trabajando en esferas que tenían que ocuparse de los reflejos de la vida. Y cada vez que se encontraba con la vida auténtica se apartaba de ella. Experimentaba ahora una sensación semejante a la de una persona que con toda tranquilidad hubiese pasado por un puente sobre un precipicio y que viera de pronto que el puente estaba derruido y que se hallaba sobre un abismo. Aquel abismo era la vida misma, y el puente, aquella vida artificial que había vivido Alexiéi Alexándrovich. Por primera vez se planteaba el problema sobre la posibilidad de que su esposa se enamorara de alguien, cosa que le horrorizó.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

No hay comentarios:

Publicar un comentario