—Alexiéi Alexándrovich —dijo Vronski, dándose cuenta de que se acercaba el momento de las explicaciones—, no puedo hablar. No soy capaz de hacerme cargo de las cosas. ¡Apiádese de mí! Por terrible que sea esto para usted…, créame que lo es más para mí.
Hizo ademán de levantarse, pero Karenin, cogiéndole de la mano, le dijo:
—Le ruego que me escuche, es necesario. Tengo que exponerle los sentimientos que me han guiado y han de guiarme para que no se equivoque usted respecto a mí. Usted sabe que decidí pedir el divorcio y que incluso empecé a iniciar el asunto. Le confieso que al principio vacilé y sufrí mucho, que me perseguía el deseo de vengarme de usted y de ella. Al recibir el telegrama vine con los mismos sentimientos, y es más: he deseado la muerte de Anna, pero… —Karenin guardó silencio, meditando si revelar o no aquello—, pero la he visto y he perdonado. Y la felicidad que me produce el haberlo hecho me indica cuál es mi deber. La he perdonado sin reservas. Quiero ofrecer la otra mejilla, quiero dar la camisa a quien me quita el caftán. ¡Solo pido a Dios que Él no me quite la dicha de perdonar!
Las lágrimas llenaron los ojos de Karenin y su mirada clara y serena sorprendió a Vronski.
—Esta es mi posición. Puede usted pisotearme en el barro, hacerme objeto de irrisión ante el mundo, pero no abandonaré a Anna y nunca le dirigiré a usted una palabra de reproche —prosiguió Karenin—. Mi deber está claramente determinado para mí: debo permanecer al lado de ella, y así lo haré. Si ella desea verle le avisaré a usted, pero ahora me parece que es mejor que se vaya.
Karenin se levantó y los sollozos interrumpieron sus últimas palabras. Vronski se levantó también y, sin erguirse, miró a Karenin con la frente baja. No entendía los sentimientos de Alexiéi Alexándrovich, pero adivinaba que eran muy elevados e incluso inaccesibles para él.
Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi
No hay comentarios:
Publicar un comentario