La montaña mágica - Thomas Mann
miércoles, 30 de octubre de 2019
Al tiempo que el reloj daba las dos campanadas —una y dos—, la graciosa enferma volvió la cabeza por encima del hombro e incluso giró un poco el cuerpo para dirigir su mirada abiertamente hacia Hans Castorp. No sólo vagamente hacia su mesa sino, sin equívoco posible, hacia él en persona, esbozando una sonrisa con los labios cerrados y con aquellos ojos achinados, iguales a los de Pribislav, como diciéndole: «Bueno, ya es la hora, ¿no vas?». (Pues cuando son sólo los ojos los que «hablan», tutean directamente, aunque los labios ni siquiera hayan llegado a pronunciar un «usted»). Y ése fue el extraño incidente que turbó y conmocionó a Hans Castorp hasta el fondo de su alma. Sin dar crédito a sus sentidos, obnubilado, miró primero a Madame Chauchat a la cara; luego levantó los ojos por encima de su frente y sus cabellos, y se quedó con la vista clavada en el vacío. ¿Sabría que él tenía hora para consulta a las dos? ¡Lo parecía! Y, sin embargo, era tan poco verosímil como que también hubiese podido saber que, justo un minuto antes, se había preguntado si no debía decir al doctor Behrens, por mediación de Joachim, que su resfriado iba mucho mejor y que juzgaba innecesaria la consulta; una idea cuyas posibles ventajas se desvanecieron ante aquella sonrisa interrogante, para adquirir el color del fastidio más horrible.
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