jueves, 10 de octubre de 2019

Ahora los dos pensaban en lo mismo. La enfermedad y la inminencia de la muerte de Nikolái ahogaban todo lo demás. Pero ni uno ni otro se atrevían a mencionar aquello, y por eso todo lo que hablaban, sin expresar lo único que les interesaba, era falso. Nunca se había alegrado Lievin tanto como aquel día de que llegase la noche y de que fuese preciso ir a dormir. Nunca ante ningún extraño, ni en una visita de cumplido, se había mostrado tan falso y poco natural como aquel día. La conciencia de su falta de naturalidad y del arrepentimiento de ella la aumentaban aún más. Sentía deseos de llorar por su querido hermano, que estaba próximo a la muerte, y, en cambio, tenía que escucharle y sostener una conversación acerca de cómo viviría.

Anna Karenina - Lev Nikolaievich Tolstoi

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