Y aquellos de los que me cansaba o que eran sustituidos por otros en mi afecto, los tiraba, es decir, buscaba cuidadosamente un lugar donde estuvieran tranquilos para siempre, donde jamás nadie pudiera encontrarlos salvo por una extraordinaria coincidencia, y tales lugares son escasos, y los dejaba allí con cuidado. Y a veces los enterraba, o arrojaba al mar con todas mis fuerzas, tan lejos de la costa como me era posible, aquellos de los que tenía la seguridad de que no flotarían, ni siquiera por breves momentos. Pero incluso a los amigos de madera los he arrojado al fondo algunas veces, lastrándolos con una piedra. Pero he comprendido que no era necesario. Pues una vez podrido el cordel subirán a la superficie, si no lo han hecho ya, y volverán a la tierra tarde o temprano. Así me desprendía de objetos queridos que ya no podía guardar, por culpa de nuevos amores. Y a menudo los echaba de menos.
Malone muere - Samuel Beckett
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