viernes, 27 de septiembre de 2019

Somos una obra de albañilería, una chapuza cósmica, y parece que diversos gremios han trabajado en nosotros. Estarnos alicatados y barnizados como una imagen antigua o un piso moderno. En cuanto me observo un poco —hay que partir del cuerpo, más que del alma, para reflexionar, aconsejaba Nietzsche—, caigo en la cuenta de que unos albañiles, fresadores, mecánicos, pintores, electricistas y carpinteros han trabajado en mí.
Todavía puedo seguir el rastro de esa tropa laboral y alegre que me hizo. Peritos electricistas de mono azul terminaron todos los empalmes de mi cerebro. Ebanistas de fina gubia modelaron mis pies. Leñadores expertos me hicieron las uñas y escayolistas delicados me compusieron el esqueleto. Somos una albañilería inspirada.
Una albañilería divina, diría el místico o el lírico. Pero eso ya es pasarse. No se trata de vestir a Dios de albañil, sino de comprender que los más viejos, nobles y humildes oficios tienen su modelo y origen en la naturaleza misma, y que el hombre, si no es la medida de todas las cosas, es al menos una maqueta bien intencionada del Universo.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

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