Se asombra la Historia de que la multitud que adora a un líder lo lapide tiempo más tarde. No hay ninguna incoherencia en esto. Es la misma cosa. La adoración es una forma de posesión, y la posesión sólo se consuma en la destrucción. O bien se destruye a un hombre, se le asesina en masa, y tiempo más tarde se glorifica su recuerdo.
Sólo podemos adorar aquello que hemos destruido. El cristiano tiene una clave de culpabilidad que es su mejor explicación. Se mata a un hombre, a un Dios, y ya se le puede venerar durante toda la Historia. El asesinato del padre, de los psicoanalistas, es siempre el comienzo de una religión. Toda veneración duradera necesita una levadura de culpa. Han venido a escucharme en multitud, y en multitud podrían lapidarme porque hay un apetito humano por lo humano que sólo se sacia con el delirio o con la sangre. Provocar el delirio de la multitud es defenderse de ella. Cuando cese el delirio, me matarán. El domador entra con una antorcha en la jaula de las fletas. Su vida durará lo que dure la antorcha. El fuego fascina a los leones. Luego necesitarán devorar esa fascinación, devorar al domador. La relación del hombre público con sus seguidores es de este orden. ¿Podría ser más clara, más sencilla, más pura?
Mortal y rosa - Francisco Umbral
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