Que era comprensiva y de buenos sentimientos, se deduce de la siguiente anécdota. Un día, poco después de su admisión, Macmann comprendió que vestía, en vez de su atavío habitual, una ancha y larga camisa de tela tosca, quizá estameña. Acto seguido empezó a reclamar ruidosamente sus ropas, comprendiendo en ellas probablemente el contenido de sus bolsillos, pues gritó: «¡Mis cosas! ¡Mis cosas!». Muchas veces, agitándose en la cama y golpeando las mantas con las manos abiertas. Moll se sentó entonces en el borde de la cama y distribuyó sus manos de la manera siguiente: una sobre una de las de Macmann, la otra sobre su frente, la de él o la de ella, la de él. Era tan baja que sus pies no llegaban al suelo. Cuando Macmann se hubo calmado un poco, le dijo que sus ropas desde luego ya no existían y por consiguiente no podían devolvérselas, y en cuanto a los objetos que habían sacado de ellas se juzgaron carentes de valor alguno y buenos sólo para tirar, salvo un portacuchillos de plata que tenía a su disposición. Pero esas declaraciones provocaron en Macmann tal inquietud, que se apresuró a añadir, riendo, que únicamente se trataba de una broma y que en realidad sus ropas, después de haber sido lavadas, planchadas, zurcidas, naftalinadas y guardadas en una caja de cartón con su nombre y su número, se hallaban en un lugar tan seguro como si hubieran sido recibidas en depósito por el Banco de Inglaterra. Pero como Macmann continuaba reclamando sus cosas, como si nada hubiera comprendido de cuanto ella acababa de decirle, se vio obligada a invocar el reglamento, que en ningún caso admitía que un hospitalizado recuperara su apariencia de hombre sin hogar ni familia hasta el fin de su hospitalización. Pero como Macmann continuaba reclamando sus ropas a grito pelado, y especialmente su sombrero, ella lo dejó diciéndole que no era razonable. Y reapareció poco después sosteniendo con la punta de los dedos el sombrero en cuestión, que había ido a buscar quizá en el montón de basuras al fondo del huerto, cualquier investigación requiere demasiado tiempo, pues, cubierto de estiércol, parecía estar en plena descomposición. Y lo que es más, permitió que se lo pusiera, e incluso lo ayudó, ayudándole a incorporarse y arreglándole las almohadas de modo que pudiera sostenerse sin fatiga. Contempló enternecida el viejo rostro aturdido que empezaba a calmarse y debajo de la barba la boca que intentaba sonreír, y los ojillos enrojecidos que se volvían tímidamente hacia ella con aire de querer agradecérselo o se posaban sobre el sombrero recobrado, y las manos que se alzaban para calárselo mejor y de nuevo se posaban temblorosas sobre la manta. Y finalmente cambiaron una larga mirada y la boca de Moll se abrió y se hinchó en una horrenda sonrisa, lo cual hizo parpadear los ojos de Macmann como los de un animal al que su amo mira fijamente y por último los obligó a desviarse. Fin de la anécdota.
Malone muere - Samuel Beckett
No hay comentarios:
Publicar un comentario