Qué desgracia, el lápiz ha debido de caérseme de las manos puesto que sólo tras cuarenta y ocho horas (ver en algún lugar más arriba) de esfuerzos intermitentes he logrado recuperarlo. Lo que le falta a mi bastón es una pequeña trompa prensil como la de los tapires nocturnos. En realidad debería perder mi lápiz más a menudo, no me haría ningún daño, creo que incluso me haría bien, me volvería más alegre, sería más alegre. Acabo de pasar dos días inolvidables de los que nunca sabremos nada, por ser el retroceso demasiado grande o quizá insuficiente, ya no lo sé; sólo sé que me han permitido resolverlo todo y terminarlo todo, quiero decir lo que se refiere a Malone (puesto que así me llamo ahora) y al otro, ya que el resto no es de mi incumbencia. Y era, por así decirlo, como dos derrumbamientos de arena fina o quizá de polvo o ceniza, de importancia ciertamente desigual, pero de alguna manera concertados, y que dejaran tras de mí, cada uno en su lugar y situación, esa querida cosa que es la ausencia.
Malone muere - Samuel Beckett
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