miércoles, 25 de septiembre de 2019

Puse una rodilla en tierra; sonrojada, con los ojos muy abiertos, sonriendo de felicidad, se arrodilló ella también a mi lado.
«Desde hace mucho tiempo», exclamé, «nuestra vida ¡oh Naturaleza!, se confunde con la tuya, y nuestro propio mundo, por el amor, es juvenilmente celeste, como tú y todos tus dioses».
«Paseábamos por tus bosques», continuó Diotima, «y éramos como tú; nos sentábamos junto a tus fuentes y éramos como tú; subíamos a lo alto de los montes con tus hijas las estrellas, como tú».
«Cuando estábamos separados», seguí yo, «cuando nuestras inminentes delicias vibraban en nosotros como la resonancia de una lira, cuando nos encontrábamos, cuando desaparecía todo sueño y todos los tonos despertaban en nosotros a los plenos acordes de la vida, ¡divina Naturaleza!, entonces éramos siempre como tú, y también ahora, cuando nos separamos y muere la alegría, estamos, como tú, llenos de pena, y, sin embargo, también de bondad, y por ello es preciso que una boca pura nos atestigüe que nuestro amor es sagrado y eterno, como tú».
«Yo lo atestiguo», dijo su madre.
«Lo atestiguamos», gritaron los demás.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

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