domingo, 1 de septiembre de 2019

Mundo muerto, sin agua, sin aire. Esos son tus recuerdos. De tarde en tarde, en el fondo de un cráter, la sombra de un liquen marchito. Y noches de trescientas horas. El resplandor más querido, pálido, hoyado, el menos fatuo de los resplandores. ¡Qué efusiones! ¿Cuánto pudo durar: cinco, diez minutos? Sí, no más, no mucho más. Pero aún resplandece mi orla celeste. Antaño los contaba; contaba hasta trescientos, cuatrocientos y a veces contaba otras cosas: los aguaceros, las campanas, el parloteo de los gorriones al amanecer, o no contaba nada, contaba por contar; después dividía por sesenta. Pasaba el tiempo. Yo era el tiempo, yo me comía el Universo. Ahora, ya no. Uno cambia. Al envejecer.

Malone muere - Samuel Beckett

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