Llevando por encima de su larga camisa una gran capa rayada que le llegaba hasta los tobillos, tocado con el sombrero que Moll le había devuelto, Macmann tomaba el aire a todas horas, desde la mañana hasta la noche. Y muchas veces era preciso ir en su busca, en la oscuridad, con linternas, para conducirlo de nuevo a su celda, pues primero se hacia el sordo a la llamada de la campana y a los gritos y amenazas de Lemuel, después de los demás guardias. Entonces los guardias, con sus trajes blancos, armados de bastones y linternas, se alejaban en abanico del edificio y batían los matorrales, los helechos y los boscajes llamando al fugitivo y amenazándole con las peores represalias si no se entregaba inmediatamente. Pero acabaron por notar que se escondía, cuando se escondía, siempre en el mismo lugar, y que tal despliegue de fuerzas era innecesario. Desde entonces era Lemuel quien se dirigía solo, en silencio, puesto que siempre sabía lo que debía hacer, directamente al matorral donde Macmann se había construido un refugio, cada vez que era necesario.
Malone muere - Samuel Beckett
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