viernes, 20 de septiembre de 2019

Llamamos a la tierra una de las flores del cielo, y al cielo le llamábamos el jardín infinito de la vida. Igual que las rosas se alegran con el polvillo dorado, decíamos, así alegra la esplendorosa luz del sol la tierra con sus rayos; es un ser soberanamente vivo, decíamos, casi divino, cuando le brota del corazón furioso fuego o agua suave y clara; siempre feliz, igual cuando se alimenta de gotas de rocío como cuando lo hace de nubes de tormenta que reserva para su goce con la complicidad del cielo, la siempre fiel y amante mitad del dios solar, quizá inicialmente más íntimamente unida a él por un decreto del destino para que lo buscara, se acercara, se alejara y, entre alegrías y tristezas, madurara la suprema belleza.
Esto fue lo que hablamos. Te doy el contenido, el espíritu de la conversación. Pero esto, ¿qué es sin la vida?

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

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