La anchura de un hombre, la libertad de un cuerpo, la hospitalidad de mi pecho, que se ha hecho hondo con la vida, pozo inverso en cuyo fondo canta un corazón que antes arreglaba relojes y ahora colecciona guijarros. Pecho todavía fuerte, todavía erguido, que espera la muerte como la esperan las maderas, ignorándola. Presiento su decadencia, la caída de sus hojas, el vuelo asustado de las aves que lo habitan, y tengo en los ojos un brillo de hachas venideras que lo van a talar en el bosque del porvenir. Se ha ensanchado el pecho, que en la adolescencia fue tenue y pasajero, y corren por su musgo las lagartijas de los días, y a veces una mano de mujer, o una boca, caen en él, como en un enlosado viejo y tibio, y me dejan una pesantez de flor en lo que tengo de tumba.
Mortal y rosa - Francisco Umbral
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