lunes, 16 de septiembre de 2019

Incluso podrían descansar de tanto en tanto sin que yo pare de gritar. Pues me habrían prevenido, antes de empezar. Hay que gritar, oyes, sino eso no prueba nada. Y al final, deshechos de fatiga, o no pudiendo más de vejez, y al cesar mis gritos por falta de alimento, podrían declararme muerto, con todas las apariencias de veracidad. Y yo no necesitaría moverme para merecer que digan, dándose golpecitos el uno al otro, como para hacer caer el polvo, con sus viejas manos secas y cansadas: «No se moverá más». Sería demasiado sencillo. Hace falta el cielo y no sé qué más aún, luces, luminarias, la esperanza trimestral, el juego de las consolaciones. Pero cerremos este paréntesis, para poder declarar, con buen ánimo, abierto el siguiente. El ruido.

El innombrable - Samuel Beckett

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