Incluso podrían descansar de tanto en tanto sin que yo pare de gritar. Pues me habrían prevenido, antes de empezar. Hay que gritar, oyes, sino eso no prueba nada. Y al final, deshechos de fatiga, o no pudiendo más de vejez, y al cesar mis gritos por falta de alimento, podrían declararme muerto, con todas las apariencias de veracidad. Y yo no necesitaría moverme para merecer que digan, dándose golpecitos el uno al otro, como para hacer caer el polvo, con sus viejas manos secas y cansadas: «No se moverá más». Sería demasiado sencillo. Hace falta el cielo y no sé qué más aún, luces, luminarias, la esperanza trimestral, el juego de las consolaciones. Pero cerremos este paréntesis, para poder declarar, con buen ánimo, abierto el siguiente. El ruido.
El innombrable - Samuel Beckett
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