Finalmente, nos separamos con un desgarro. Mi corazón estaba cansado por la lucha. En el último momento, yo estaba más tranquilo. Me hinqué de rodillas ante él, le abracé por última vez con estos brazos; «¡dame tu bendición, padre mío!», le dije en voz baja. Sonrió noblemente y su frente se ensanchó ante las estrellas matutinas, y sus ojos perforaron los espacios celestes… «¡Protegédmelo», gritó, «vosotros, espíritus de un tiempo mejor, y elevadlo a vuestra inmortalidad, y todas vosotras, fuerzas bienhechoras del cielo y de la tierra, quedad con él!».
«Hay un dios en nosotros», añadió luego más tranquilo, «que dirige el destino como si fuera un arroyuelo, y todas las cosas son su elemento. ¡Que éste, ante todo, quede contigo!».
Así nos separamos. ¡Adiós, querido Belarmino!
Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin
No hay comentarios:
Publicar un comentario