Es en vano; no me lo puedo ocultar a mí mismo. Allí donde huya con mis pensamientos, en lo alto del cielo o en el abismo, al principio y al final de los tiempos, incluso cuando me echo en los brazos de aquel que era mi último refugio, del que otras veces eliminaba en mí cualquier preocupación, del que habitualmente consumía en mí toda la alegría y todo el dolor de la vida con la llama en que se manifestaba, del sublime y misterioso espíritu del mundo, incluso cuando me hundo en el océano sin fondo, también allí, también allí me alcanza el dulce horror, el dulce, turbador y mortal horror de que la tumba de Diotima está junto a mí.
¿Lo oyes, lo oyes? ¡La tumba de Diotima! Mi corazón se había serenado tanto y, sin embargo, mi amor estaba enterrado con la muerta a la que amaba.
Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin
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