lunes, 30 de septiembre de 2019

El pintor, el amigo, ante mis ojos, el espectáculo de un hombre ardiendo en los mil fuegos, cómo se consuma y se consume su vida, cómo el fuego que mata es el fuego que crea. Eso será el arte, quizá: este fuego mortal, domesticado por una mano que lo fija y lo realiza. La materia que lo devora es la materia con que él pinta. Luego, apaga las luces, vuelve a encender una para mirar el cuadro por última vez, cierra la puerta, baja la escalera, sale a la calle, y deja una estela de patios, luces, colores, dolores y palabras. Reina en un mundo de periódicos arrugados, toma cosas en las barras de los bares, mira a las mujeres, orina tristemente y se compra un pincel que no va a usar, o un pantalón de pana para seguir pintando. Una vida en combustión, un fuego alimentado de tabaco, medicinas, palabras, amores y siestas. El pintor está más rodeado de cosas que los otros hombres, más acosado por volúmenes y formas, todo le hace gestos en todo ve fuegos, y he procurado siempre vivir cerca de algún pintor, porque son los seres más encarnizados con la vida, los que están en el reino de las cosas. Hasta las ideas se les corporeízan y les habitan como molduras. El pintor ve más mundo que nosotros, conoce mejor la fisonomía de la vida, despierta colores y ademanes. Así quisiera uno escribir siempre, con la plasticidad directa del pintor, sin caer en el reino gris y condescendiente de las ideas. El pintor, ante mí, cree ciegamente en los contornos y azota el lienzo, lo castiga para que esté vivo, para que no se le muera, para que sangre sangre negra y heridas verdes.

Mortal y rosa - Francisco Umbral

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