lunes, 9 de septiembre de 2019

Cuando las angustias de la reflexión no lo clavaban en el suelo, durante un buen rato, iba y venía sin cesar, con su andar pesado, furioso e indeciso, gesticulando y articulando con violencia palabras ininteligibles. Desollado vivo por el recuerdo, con el espíritu hormigueante de cobras, sin atreverse a soñar ni a pensar y a la vez incapaz de defenderse, sus gritos eran de dos clases: los que tenían como única causa el dolor moral y los que, aun siendo idénticos, le servían para prevenirse de aquellos. El dolor físico, por el contrario, parecía prestarle una preciosa ayuda, y un día, arremangándose el pantalón, mostró a Macmann su tibia cubierta de cardenales, cicatrices y llagas. Después se sacó presurosamente de un bolsillo interior un martillo y se asestó, justo en medio de sus antiguas heridas, un golpe tan violento que cayó hacia atrás. Pero la parte que se golpeaba más a gusto, con el mismo martillo, era la cabeza, lo cual se comprende, pues es una parte también ósea, y sensible, y fácil de alcanzar, y es allí dentro donde se hallan todas las porquerías y podredumbres; entonces uno golpea encima con más gusto que en la pierna por ejemplo, que nada le ha hecho; es humano. «¿Tengo derecho a levantarme?», gritó Macmann. Lemuel se quedó inmóvil. «¿Qué?», aulló. «¡Levantarme!, gritó Macmann. ¡Quiero levantarme! ¡Quiero levantarme!».

Malone muere - Samuel Beckett

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