miércoles, 25 de septiembre de 2019

«¡Una cosa más!», dijo cuando llegamos junto a su barco. «¡Saluda a tu Diotima! ¡Amaos! ¡Sed felices, almas hermosas!».
«¡Oh Alabanda!», grité, «¿por qué no puedo ir yo en tu lugar?».
«Tu tarea es más bella», respondió, «¡cúmplela! Tú perteneces a aquel ser lleno de grada; ella es desde ahora tu mundo… Y como no hay felicidad sin sacrificio, ¡oh destino, tómame a mí de víctima y deja a los amantes su alegría…!».
La emoción de su corazón empezó a sobrepasarle; se apartó bruscamente de mí y saltó al barco para abreviar nuestra despedida. Yo sentí en aquel momento como un rayo al que siguieran la noche y un silencio de muerte, pero en medio de aquel anonadamiento, mi alma sacó fuerzas de flaqueza para retener al amigo que partía, y mis brazos se tendieron hacia él por sí solos. «¡Piedad! ¡Alabanda, Alabanda!», grité, pero desde el barco me llegó sólo un sordo adiós.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

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