jueves, 19 de septiembre de 2019

Él, expulsado por el destino y la barbarie de los hombres de su propia casa, viviendo entre extranjeros, lleno de amargura y fiereza desde su temprana juventud y, sin embargo, en lo profundo de su corazón lleno de amor, lleno de deseo de atravesar su ruda corteza para acceder a un elemento más amigo; yo, tan alejado en mi interior ya de todo, tan extraño y solitario con toda mi alma entre los hombres, tan ridículamente acompañado en las más queridas melodías de mi corazón por el sonar de los cascabeles del mundo; yo, antipático para todos los ciegos y paralíticos y, sin embargo, demasiado ciego y paralítico para mí mismo, tan sobrecargado en mi mismo corazón de todo lo que, aunque fuera de lejos, me asemejara a los listos y a los razonadores, a los bárbaros y a los ingeniosos, y tan lleno de esperanza, tan lleno sólo de la espera de una vida más hermosa…
¿No debíamos, dos jóvenes así, caer el uno en brazos del otro con prisa alegre y tormentosa?
¡Oh tú, mi amigo y compañero de lucha, mi Alabanda! ¿Dónde estás? Casi llego a creer que has ascendido hasta el país desconocido de la calma, que has vuelto a ser lo que antes fuiste, cuando los dos éramos niños.

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

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