jueves, 19 de septiembre de 2019

«Seguro, Alabanda», le dije, «seguro que las cosas acabarán cambiando».
«¿Y cómo?», respondió; «los héroes han perdido su fama y los sabios sus discípulos. Los grandes hechos, cuando no son asumidos por un pueblo noble, no son más que un golpe violento en una frente sorda, y las más altas palabras, cuando no resuenan en corazones igualmente elevados, son como una hoja muerta cuyo rumor se hunde en el barro. ¿Qué quieres hacer?».
«Quiero», dije, «empuñar la pala y arrojar la inmundicia a un foso. Un pueblo en el que el espíritu y la grandeza no engendran ya ni espíritu ni grandeza, no tiene ya nada en común con otros que todavía son hombres, no tiene ya ningún derecho y es una vacía bufonada, una superstición, pretender honrar todavía a tales cadáveres faltos de voluntad, como si hubiera en ellos un corazón romano. ¡Fuera con ellos! No puede quedarse donde está el árbol seco y podrido, porque roba luz y aire a la vida joven que madura para un mundo nuevo».
Alabanda voló hacia mí, me abrazó y Sus besos me llegaron hasta el alma. «¡Hermano de armas!», dijo, «¡mi querido hermano de armas! ¡Ojalá tuviera en este momento un centenar de brazos!».
«Por fin oigo por una vez mi misma melodía»

Hiperión o el eremita en Grecia - Friedrich Hölderlin

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