viernes, 13 de septiembre de 2019

Ahora soy yo el que debo hablar, aunque sea con su lenguaje, será un comienzo, un paso hacia el silencio, hacia el final de la locura, la de tener que hablar y no poder, salvo de cosas que no me conciernen, que no cuentan, en las que no creo, de las que ellos me atiborraron para impedirme decir quién soy, dónde estoy, para impedirme hacer lo que tengo que hacer del único modo en que puedo ponerle fin, de hacer lo que tengo que hacer. Ellos no deben amarme. Ah, me compusieron bien, pero no me han logrado, no del todo, todavía no. Que deponga por ellos, hasta que me consuma, como si uno pudiera consumirse en ese juego, he ahí lo que quieren que haga. No poder abrir la boca ni proclamarlos, a título de congénere, he aquí a lo que creen haberme reducido. Menuda astucia haberme adaptado un lenguaje del que se imaginan que nunca podré servirme sin reconocerme de su tribu.Voy a arreglarles yo su algarabía, de la que nunca entendí nada, no más que de las historias que él acarrea, como perros muertos. Mi incapacidad de absorción, mi facultad de olvido fueron subestimadas por ellos. Querida incomprensión, a ti deberé ser yo, al fin. Pronto no quedará nada de todo eso con lo que me rellenaron. Entonces seré yo el que vomitará al fin, en sonoros reductos e inodoros de famélico, que concluirán en el coma, en un prolongado coma delicioso.

El innombrable - Samuel Beckett

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