lunes, 2 de septiembre de 2019

Acabados los trabajos de la jornada, el día despertaba en ella otros afanes: los de la vida estúpidamente tenaz y sus asiduos dolores. Sentada yendo y viniendo, los resistía mejor que tendida. Desde el fondo de esa fatiga sin fin no cesaba de clamar, al día por la noche, a la noche de día, y día y noche, con horror, esa luz que le habían dicho siempre que ella no podría concebir, puesto que no era propiamente una luz. La luz que ella concebía bien, puesto que estaba acostumbrada a ella, la esperaba a menudo en la cocina, sobre todo en verano, casi sin dormir, tiesa en una silla o caída sobre la mesa, descansando mal, pero mejor que en la cama. A veces se levantaba, andaba por la habitación o, saliendo, daba una vuelta alrededor de la vieja casucha. Hacía sólo cinco o seis años que estaba allí. «Tengo una enfermedad de mujer», se decía sin atreverse a creerlo del todo. En la cocina, impregnada de penas diurnas, la noche le parecía menos noche, el día menos muerto. Le gustaba, en los momentos difíciles, cuando necesitaba coraje, apretar con sus dedos la vieja mesa alrededor de la cual vería tan pronto sentados a los suyos, esperando que ella les sirviese, y sentir a su alrededor, dispuestos a ser usados, los útiles y utensilios de todos los días.

Malone muere - Samuel Beckett

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