Una sombra compleja se dibujaba en la fachada. Éramos yo y mi bicicleta. Me puse a jugar, gesticulando, agitando mi sombrero, haciendo ir y venir la bicicleta ante mí, hacia adelante, hacía atrás, haciendo sonar la bocina. Miraba la pared. Me miraban desde las ventanas enrejadas, sentía aquellos ojos puestos en mí. El agente que estaba de guardia ante la puerta me dijo que me largara. Yo solo ya me habría calmado. A fin de cuentas, la sombra no resulta mucho más divertida que el cuerpo. Le pedí al agente que se compadeciera de mí, que me ayudara. No comprendía. Recordé con nostalgia el refrigerio que me ofreciera la asistenta social. Me saqué un guijarro del bolsillo y lo succioné. Era liso, de tantas chupadas que le había dado, y de las veces que lo había arrebatado la tempestad. Un pequeño guijarro redondo y liso en la boca le calma a uno los nervios, le refresca, burla el hambre, engaña a la sed. El agente se me acercaba, le molestaba mi lentitud. A él también le miraban desde las ventanas. Se oían risas. También en mí reía alguien.
Molloy - Samuel Beckett
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