viernes, 9 de agosto de 2019

—¡Starbuck!
—Señor.
—¡Ah, Starbuck! Hay un viento suave, suave, y un cielo de suave aspecto. En un día así… una dulzura muy parecida a ésta… arponeé mi primera ballena… ¡Un joven arponero de dieciocho años! ¡Hace cuarenta… cuarenta… cuarenta años! ¡Eso hace ya! ¡Cuarenta años de continuada pesca de la ballena! ¡Cuarenta años de privaciones, y de peligros, y de tormentas! ¡Cuarenta años en el despiadado mar! ¡Durante cuarenta años Ajab ha renunciado a la pacífica tierra, durante cuarenta años, para combatir los horrores del piélago! Sí, así es, Starbuck, de esos cuarenta años no he pasado tres en tierra firme. Cuando pienso en esta vida que he llevado; la desolación de soledad que ha sido; la mampuesta amurallada ciudadela de la exclusividad de un capitán, que apenas admite una leve intrusión de algo de la armonía del verde campo exterior… ¡Oh, cansancio! ¡Gravedad! ¡Esclavitud de guineana costa del mando solitario!… Cuando pienso en todo ello, apenas vislumbrado, nunca antes por mí advertido con tanta agudeza… y cómo durante cuarenta años me he alimentado de secas provisiones saladas… ¡adecuado emblema del seco alimento de mi alma!… mientras el hombre más pobre de tierra firme ha dispuesto de fruta fresca a diario en su mano, y ha partido el pan tierno del mundo en vez de mis terrosas cortezas… Lejos, océanos enteros alejado de esa pobre esposa adolescente con la que me casé a mis más de cincuenta años, partiendo al día siguiente hacia el cabo de Hornos, y dejando apenas una huella en mi almohada conyugal… ¿Esposa?, ¿esposa?… ¡más bien una viuda con su marido vivo! Sí, Starbuck, hice enviudar a esa pobre muchacha cuando me casé con ella; y luego, la demencia, el frenesí, la sangre hirviente y la frente humeante, con las que durante mil arriadas el viejo Ajab, con furia, efervescentemente, ha cazado su presa… ¡Más demonio que hombre!… ¡Sí, sí! ¡Qué necio… necio… viejo necio, ha sido Ajab durante cuarenta años! ¿Por qué esta pelea de la caza?, ¿por qué, cansado, medio paralizado, el brazo en el remo, y el hierro, y la lanza?, ¿cuánto más rico o mejor es Ajab ahora? Observad. ¡Ah, Starbuck!, ¿no es duro que, con esta agotadora carga que soporto, se me haya arrancado una pierna de debajo de mí? Aquí, apartad ese viejo pelo; me ciega y parece que gimo. ¡Rizos tan grises nunca crecieron sino de las cenizas! Pero ¿tan viejo parezco, tan, tan viejo, Starbuck? Me siento mortalmente desmayar, encorvado y jorobado, como si fuera Adán, tambaleándome bajo los siglos apilados desde los tiempos del Paraíso. ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!… ¡Quebradme el corazón!… ¡Atravesadme el cerebro!… ¡Burla!, ¡burla!, amarga, mordiente burla de cabellos grises, he vivido suficientes alegrías para soportarte; ¿y tan intolerablemente viejo parezco y me siento? ¡Acercaos!, aproximaos a mí, Starbuck; dejadme mirar en un ojo humano; es mejor que mirar al mar o al cielo; mejor que mirar a Dios. ¡Por la verde tierra, por la brillante piedra del hogar!, éste es el espejo mágico, compañero: veo a mi mujer y a mi hijo en vuestro ojo. No, no; ¡quedaos a bordo, a bordo!… No arriéis cuando yo lo haga; cuando el estigmatizado Ajab persiga a Moby Dick. Ese riesgo no ha de ser para vos. ¡No, no!, ¡no con el lejano hogar que veo en ese ojo!
—¡Oh, mi capitán!, ¡mi capitán!, ¡alma noble!, ¡grandioso viejo corazón, a pesar de todo!, ¿por qué habría de perseguir nadie a ese odiado pez? ¡Lejos, conmigo!, ¡salgamos de estas mortíferas aguas!, ¡volvamos a casa! También son de Starbuck la esposa y el hijo… esposa e hijo de su juventud de hermanos, hermanas y compañeros de juegos; ¡lo mismo que los vuestros, señor, son esposa e hijo de vuestra cariñosa, añorada y paternal vejez! ¡Lejos! ¡Alejémonos!… ¡Permitidme alterar el curso en este instante! ¡Qué alegre, qué jocosamente, oh, mi capitán, vagaremos en nuestro rumbo para ver otra vez el viejo Nantucket! En Nantucket, señor, me parece que tienen algunos días así de azules y suaves, iguales a éste.

Moby Dick - Herman Melville

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