lunes, 26 de agosto de 2019

Saltaba a la vista que era todo un caballero. Sí, era un perro de Pomerania de pelaje anaranjado, cuanto más lo pienso más me voy convenciendo. Y, sin embargo, ¿deberé creer que este caballero había venido de lejos, sin sombrero, calzando alpargatas, con un cigarro en la boca, seguido por un perro de Pomerania? ¿O más bien tenía la apariencia de haber traspuesto las murallas, después de una buena comida, para pasearse y para pasear a su perro, entre pedos y ensueños, como tantos ciudadanos cuando hace buen tiempo? Pero el cigarro tal vez era en realidad una pipa corta, y las alpargatas, zapatos claveteados que el polvo blanqueaba, y en cuanto al perro, ¿por qué no podía ser uno de esos perros vagabundos que recogemos y tomamos en brazos, por compasión o porque llevamos mucho tiempo errando completamente solos, sin otra compañía que estos caminos interminables, estos arenales, estas marismas, guijarros, matorrales, esta naturaleza indicadora de otra justicia, o de vez en cuando un compañero de cautiverio que quisiéramos abordar, abrazar, ordeñar, amamantar, y con el que nos cruzamos, fría la mirada ante el temor de que se permita familiaridades?

Molloy - Samuel Beckett

No hay comentarios:

Publicar un comentario