Quebré por encima de mi cabeza un pedazo de rama y lo arrojé violentamente en su dirección. Dio media vuelta y se marchó corriendo. Había ocasiones en que verdaderamente no comprendía nada de mi hijo. Debía saber que no podía alcanzarle, ni siquiera con un buen cacho de piedra, y a pesar de ello ponía pies en polvorosa. Quizá tenía miedo de que saliera corriendo en su persecución. Efectivamente, hay algo inquietante en mi forma de correr, con la cabeza echada hacia atrás, los dientes apretados, los codos doblados al máximo y las rodillas casi pegadas al rostro. Y a esta forma de correr debo el haber dado alcance a menudo a personas más ágiles que yo. Prefieren detenerse y esperarme a prolongar a sus espaldas tan pavoroso espectáculo.
Molloy - Samuel Beckett
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