Porque sabía a ciencia cierta que el sacristán llevaba una lista de los fieles y que, apostado junto a la pila de agua bendita, nos anotaba en el momento de la ablución. Detalle digno de ser notado, el padre Ambroise ignoraba esta maniobra, porque, como lo oís, todo lo que significase vigilancia le resultaba execrable al bueno del padre Ambroise. Y si hubiese creído capaz al sacristán de semejante exceso de celo lo habría despedido en el acto. Sin duda el sacristán llevaba este registro tan al día para su propia edificación. Por descontado, yo solo sabía cómo se producían los acontecimientos en la misa de doce, pues no tenía ninguna experiencia personal de los otros oficios, a los que nunca había asistido. Aunque me habían dicho que en ellos se ejercía el mismo control, si no por el sacristán en persona, ocupado sin duda en otras obligaciones, por uno de sus numerosos hijos. Extraña parroquia, en la que las ovejas sabían más que su pastor sobre una circunstancia que parecía más de la competencia de éste que de aquellas.
Molloy - Samuel Beckett
No hay comentarios:
Publicar un comentario